Todo estaba oscuro, y lo único
que era capaz de sentir era un gran frío en todo su cuerpo, un frío que nunca
había experimentado antes, y que no era capaz de describir con simples
palabras. Sus ojos estaban cerrados, pensó, e intentó abrirlos, pero en ese
instante una intensa luz lo obligó acerrarlos nuevamente. No entendía lo que sucedía,
estaba confundido y sentía que había estado tanto tiempo en ese estado que casi
olvidaba su propia existencia.
Intentó con esfuerzo recordar. Tomás…, sí, Tomás era su nombre, y tenía
dieciocho años…, no, faltaba poco para que cumpliera diecinueve. Era un
estudiante universitario, y estaba es su primer año. Recordaba haber salido de
su casa para llegar a clases, emocionado por llegar…, pero, ¿por qué estaba
emocionado?, ¿Qué tenían de especial esas clases para él? No…, no eran
precisamente las clases lo que lo emocionaban tanto, pero entonces si no eran
las clases, ¿qué era lo que se ocultaba tras aquella emoción?
Intentó seguir recordando, se veía
a sí mismo como si viera una película, cuya trama era su propia vida, una vida
monótona por lo demás, eso era lo que pensaba. Se veía tomando la misma micro,
pagando el pasaje escolar, y sentándose junto a la ventana, preparado para el
largo recorrido hasta la universidad. Todo era normal, pero todavía no entendía
por qué estaba emocionado. Bajo de la micro y camino un par de cuadras llegando
finalmente a su universidad, para luego dejarse caer en los peldaños inferiores
de una pequeña escalera frente a la entrada. Consulto su reloj, comprobando que
había llegado media hora antes de la clase, y casi metódicamente saco del
bolsillo su celular, pero no logró recordar que quería ver exactamente,
¿esperaba una llamada tal vez o algún mensaje?, o ¿era solo una simple
costumbre que denotaba una conducta un tanto obsesiva?... Por más que pensó en
el asunto no pudo llegar a una respuesta, pero por alguna razón que desconocía,
le molestó.
Siguió recordando, habían pasado
veinte minutos desde su llegada, en los cuales había vuelto a sacar su celular
una y otra vez, sin resultados, y todavía no llegaba aquello que estaba esperando,
sin embargo había visto a muchos jóvenes que reconocía como compañeros, pero no
los había saludado, y ninguno de ellos había mostrado interés por saludarle. Se
preguntó el porqué de la situación, pero rápidamente llego a una conclusión,
siempre había sido así, desde muy pequeño le fue difícil comunicarse con el
resto de sus compañeros, y eso lo terminaba aislando... Había sido así durante
sus doce años de colegio, y seguía siendo así durante la universidad, nada
había cambiado. Pensó un rato en la situación, mientras sus recuerdos todavía
estaba detenidos, ahí en esa fría escalera de cemento, con bordes de goma,
cuando de repente, una figura se le apareció en frente, una mujer de largo
cabello negro, con una piel tan blanca como la nieve, y unos lentes que cubrían
una mirada curiosa y analítica. Él se levantó al verla, y con palabras tímidas,
pero que habían sido practicadas más de una vez durante aquel año, la saludó.
-hola… Sofy…-
-hola Tomás- le contestó la
recién llegada, con un tono increíblemente natural, como si estuviera acostumbrada
a decir esas palabras, y sin embargo en sus mirada y en su forma de actuar,
Tomás pudo ver algo de temor.
Era evidente que la estaba
esperando a ella, y ahora todo volvía a la mente, era Sofía, la única chica que
podía considerar su amiga, una chica con un carácter introvertido, de muy pocos
amigos. La había conocido el primer día de clases, cuando los agruparon para un
trabajo, y rápidamente se hicieron amigos. Para él era fácil hablar con ella, y
ella siempre se mostraba amigable. Ambos disfrutaban de la compañía del otro y
con el paso de los días se habían vuelto muy unidos, al punto que en la universidad,
nunca se separaba. Tomás recordó entonces que fue hace dos meses cuando
decidido llegar antes de clases para esperarla, y así lo había estado haciendo
desde entonces.
No obstante, nada de eso tenía
importancia…, claro, por fin sabía, o creía saber el porqué de su emoción, pero
eso no le ayudaba a entender su situación actual. Continuando con sus
recuerdos, entraron junto con Sofía a clases, las cuales transcurrieron sin
novedades, y entonces cuando llegó la hora de despedida los dos se quedaron el
uno frente al otro delante de la entrada de la universidad.
-bueno Tomás, nos vemos mañana…-
sin esperar alguna palabra Sofía dio media vuelta, y emprendió su camino.
-nos ve…- la frase de Tomás quedó
inconclusa, y por un instante se quedó inmóvil, con la mano en señal de
despedida, y un segundo después pegó unos grandes pasos para alcanzar a la
chica que seguía en su mirada -¡espera…, espera un momento Sofy!- Tomás la alcanzo
y rápidamente se colocó frente a ella.
-¿Qué sucede?- Tomás la sorpresa
en el rostro de su amiga.
-Sofía…, yo..., quiero que
sepas…, quiero decirte que tú…- las palabras no lograban salir de la boca de
Tomás, y la expresión de Sofía denotaba una mezcla de confusión y temor por lo
que su amigo le quería decir –Sofía, tú…, tú…, tú me gustas..., ¿te gustaría
salir con migo alguna vez?... – eso era, ya no podía estar equivocado, Tomás
había despertado ese día con la intención de invitar a Sofía a salir, y eso era
la causante de su emoción. Pero por alguna razón, mientras recordaba ese
momento, sentía un gran dolor en su corazón, y por primera vez quiso dejar de
recordar.
Observó a su amiga por un
momento, la cual estaba inmóvil, pensativa, como analizando un problema
matemático imposible de resolver, un problema, que aunque le diera mil vueltas,
no encontraría una solución.
-… Tomás, te tengo un gran
afecto…, pero solo como amigos…, perdóname si no es lo que esperabas…, pero
solo quiero ser tu amiga…, nada más…, y por favor, deja de esperarme todos los
días…, me asustas…- unas lágrimas cayeron por las mejillas de Sofía, quien sin
decir una palabra más, siguió su camino a paso veloz.
Tomás, sin saber qué hacer,
siguiendo a Sofía con la sus ojos, quien, casi corriendo, se aproximaba a
cruzar una pequeña calle, por la cual generalmente transitaban muy pocos
vehículos y en ese minuto, cuando Sofía estaba en medió de la calle, un auto a
exceso de velocidad apareció de la nada, como un animal furioso, que esperó
hasta el momento justo para saltar por su presa. Tomás corrió en dirección asía
donde se encontraba Sofía, pero estaba seguro de que no llegaría a tiempo, no
era bueno para las actividades físicas, pero tenía que hacer algo. Cuando
estaba a punto de llegas con su amiga, el vehículo estaba a segundos de golpear
a Sofía, que se había quedado petrificada. Entonces…, entonces…, entonces ¿Qué
sucedió?, aunque se esforzaba, no era capaz de recordar nada más, hasta ahí
llegaban sus recuerdos, pero no…, no podía ser así, tenía que saber que había
sucedido, tenía que saber que había pasado con Sofía y tenía el presentimiento
que si abría los ojos, lo sabría, lo sabría todo. Y haciendo uso de toda su
fuerza de voluntad por saber que había sucedido con su amiga, logró abrir los
ojos, cubriéndose con los brazos de la intensa luz que en un principio se lo
impidió. Pero esta vez no había ninguna luz, y fue grande su sorpresa cuando,
luego de una simple mirada a todo, supo la verdad. La verdad, la verdad de lo
que había sucedido con él y con Sofía, ciertamente no la conocía con exactitud,
pero podía darse una idea muy precisa de lo que había sucedido. Entonces se
imaginó así mismo corriendo hacía donde se encontraba su amiga, y en el último
instante, cuando el vehículo estaba en sima de ambos, él salto, empujando a
Sofía lo más lejos que pudo, recibiendo todo el imparto del vehículo. Volvió a
la realidad, y lo que vio fue a Sofía, sentada en un vehículo de urgencias, pálida,
con la mirada pedida. Estaba cubierta por una frazada, y un carabinero le hacía
preguntas que ella no respondía. Muchos estudiantes miraban la escena de lejos,
y entre ellos, muchos de sus compañeros. Veía a muchos paramédicos, o eso pensó
Tomás, conversando entre ellos, el vehículo que lo había golpeado estaba un
poco más alejado, con todo el parabrisas trizado. Un hombre que estaba cerca
del vehículo, y que Tomás pensó que era el dueño del automóvil, conversaba con
carabineros, y por sus movimientos parecía esta borracho. A unos diez metros
del vehículo, un grupo de paramédicos rodeaba un bulto, el cual estaba tapado
por una lona azul.
“Sí, la muerte es helada”, fue la
primera idea que pensó al ver aquel bulto, y no tardó en darse cuenta de que lo
que cubría aquella lona era su cuerpo, o mejor dicho, lo que había sido su
cuerpo cuando estuvo vivo. Pero ahora ya no lo necesitaba, ya no más, ahora que
era un alma, algo parecido a un fantasma, algo que no era capaz de sentir
nada…, sí, eso era el ahora. Eso era lo que creía, pero estaba equivocado en
algo, si era capaz de sentir, sentía mucha felicidad por haber logrado proteger
a Sofía, la única chica a la que podía llamar amiga, la única chica con la que
había compartido tantos momentos inolvidables, y la única chica a la que había
amado de verdad. Estuvo atrapado en esos pensamientos por unos pocos minutos
cuando una palabra se le vino a la mente…, partir…, y se repitió la misma
palabra un par de veces más…, partir, partir…, lo entendía muy bien, era hora
de partir, hora de que su alma dejara ese mundo, he ir al lugar donde van todas
las almas al morir. No sabía bien que le esperaba allí, pero sabía muy bien lo
que no habría en ese lugar, Sofía…, “si esté es mi momento de partir”, pensó,
“entonces, al menos me despediré de Sofía”.
Se deslizó suavemente por sobre
el piso, (sus pies no tocaba el suelo…, claro, era un alma ahora…), movido por
la única idea de poder despedirse. Cuando por fin estuvo frente a su amiga,
levantó una mano, en señal de despedida.
-adiós, mi querida amiga…- se
quedó esperando a que la chica reaccionara y se despidiera como solía hacerlo
siempre, y entonces recordó… “pero, si estoy muerto…” y entonces un gran dolor
invadió su corazón, ese dolor causado por una despedida inconclusa con los
seres que amamos. Entonces se le vinieron a la mente todos los momentos que
habían compartido juntos, y en las últimas palabras de Sofía… “me asustas”.
Cuando pensó en esas últimas palabras, Tomás entendió que su relación con Sofía
no era como creía. Sí, se llevaban bien juntos, y no podía decir que no eran
amigos, pero él siempre fue muy posesivo con su amiga, y era él el que nunca la
dejaba sola en ningún momento, a tal punto que al parecer la llegó a incomoda.
Ahora comprendía porque le había molestado la forma en que vio su teléfono
mientras esperaba en la escalera. Angustia, sentía mucha angustia cuando Sofía se
demoraba más de lo habitual, y no se calmaba hasta que ella llegaba, o le
mandaba un mensaje. Ahora se preguntaba ¿Por qué?, ¿Por qué llegaba a esos
extremos?, tal vez ¿era el miedo de perder a su amiga?, ¿o era su forma de
mostrar amor?
“No…, no puede terminar así…”, sentía
rabia consigo mismo por no haberse dado cuenta antes de lo mal de su
comportamiento, pero principalmente sentía una gran impotencia al entender que
ya no podía hacer nada para solucionarlo. Su alma comenzaba a elevarse, y poco
a poco, todos se iban haciendo más pequeños ante su vista. “No, no puede
terminar así…”, Tomás seguía repitiéndose eso para sus adentros, sin perder de
vista a Sofía, con la vaga esperanza de que está le dirigiera una última
mirada, lo cual nunca sucedió, “que tristeza”, pensó. Hay veces en que crees
que todo está bien a tu alrededor, y te siegas a la verdad aunque este frente a
ti, y cuando por fin te das cuenta tu error, ya es demasiado tarde. Nuevamente
Tomás se hallaba en completa oscuridad, pero esta vez sus ojos estaban
completamente abiertos
Sabía que algún día Sofía miraría
al cielo y pensaría en él…, pero cuando eso sucediera, él no podría verla, ya
no podría ver nunca más aquel rostro que le gustaba tanto mirar durante las tardes
de silencioso estudio…, no, nunca más. Ya nunca más escucharía ese “hola”, y
ese “… nos vemos mañana” que tanto le gustaban.
“Fría”, pensó, “la soledad es muy
fría…, más fría que la misma muerte”.
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