Rincones

Libros

viernes, 27 de febrero de 2015

El Bárbaro y el Conquistador

“Ahí estaban aquellos bárbaros, que vestían con pieles de osos, y vivían en chozas de paja y barro. Aquellos que por las noches robaban nuestros animales y saqueaban nuestras granjas y cosechas, que trabajábamos cada día del año. No podíamos permitir aquello, que la comida que era para nuestro pueblo fuera robada frente a nuestras narices. No nos quedaba otra alternativa que sacar las armas y combatir por lo que era nuestro, y después de todo… era lo único que sabíamos hacer bien, todos éramos soldados, y nuestros padres e incluso nuestros abuelos lo habían sido… estaba en nuestras venas. Pateé a mi caballo para avanzar, y todos los hombres junto a mi hicieron lo mismo, y entonces con espadas en mano… ¡nos lanzamos a la batalla!”. Diario del Conquistador

“Un día de la nada llegaros esos hombrecillos, y sin preguntar ni decir palabra alguna comenzaron a echar abajo los arboles de nuestros bosques sagrados, y como si fueran dueños del mundo tomaban a nuestros animales y los encerraban y los decían suyos. Sabíamos lo que seguía a continuación… lo habíamos visto otras veces… aquellos hombrecillos que se creían dioses con el tiempo toman confianza y luego nos sacarían de nuestras casas y nos harían sus esclavos. Muchos lo habíamos vivido, y ninguno quería que nuestros hijos y nietos lo vivieran. Tomamos nuestras grandes cuchillas de caza y nuestros escudos de madera, y juntos avanzamos hacia nuestro enemigo y el nuestros dioses. ¡A LA BATALLA! Gritamos todos juntos”. Cuentos de Bárbaros

“Esos hombrecillos venían hacía nosotros montando sobre sus bestias, y con sus bonitas espadas amenazando a cada uno de los míos. Eran más que nosotros, pero nuestra habilidad en combate era mejor, y así se los hicimos ver cuando nuestros bandos chocaron y comenzaron a caer los primeros hombrecillos. Cada uno de nosotros valíamos al menos dos de ellos, pero eso no los asía retroceder, eran verdaderos guerreros, al igual que nosotros y sabíamos que esta batalla no llegaría a su fin hasta que ninguno de estos hombrecillos quedara en pie. Por nuestra parte también íbamos perdiendo gente, pero eso no nos haría retroceder mientras tuviéramos un enemigo en frente. Entonces en medio de la batalla, una mirada callo sobre mí, aquella mirada que había sentido muchas veces antes venir de un enemigo, una mirada asesina de alguien que lo dará todo para obtener a su presa. Era el hombrecillo líder de aquel grupo.” Cuentos de Bárbaros

“La batalla había comenzado, pero esas bestias eran más hábiles de lo que parecían, no es que fueran habilidad, más bien peleaban por instinto, y eso los hacía peligrosos, verdaderos animales en el campo de batalla. Cada una de las bestias que caían significaba dos o tres sacrificios, pero eso no nos haría retroceder, ya que teníamos un objetivo, peleábamos por lo que nos quitaron en otras tierras, peleábamos por nuestra vida y da de nuestras familias, por el derecho a vivir. Pero la batalla contra aquellos barbaros no estaba a nuestro favor, nuestros enemigos no retrocedían, íbamos perdiendo la batalla, pero todos, al igual que yo éramos soldados y sabíamos muy bien que las batallas no se ganaban sino hasta el último minuto. Entonces lo vi a él, el más grande de todos los bárbaros, aquel que se había llevado a más de mis compatriotas a la tumba en aquella batalla, y lo supe de inmediato, que una bestia sin cabeza no puede ganar una batalla, y sabía muy bien donde estaba la cabeza de mi enemigo… era él, aquel bárbaro era el líder, y si el caída los demás caerían detrás”. Diario del Conquistador

“Aquel hombrecillo no era más fuerte que otros con los que he combatido, pero su habilidad y velocidad eran muy superiores. Cada uno de mis ataques era esquivado con facilidad, y los de mi enemigo, aunque no eran mortales, daban en el blanco, e iban agotándome poco a poco, hasta que caí de rodillas, por el cansancio y el dolor. Aquel hombrecillo, levanto su espada como agradeciendo a sus dioses por la victoria… y luego apunto a mi cabeza con la punta de su arma, pero yo no moriría sin llevarme a mí enemigo, y como último intento levante mi cuchilla y ataque a su cuello directamente” Cuentos de Bárbaros

“Cada uno de sus ataque era tan fuerte que podrían haberme partido por la mitad, pero mi velocidad era superior y podía esquivarlos por milímetros. Era una batalla de concentración y agallas, en donde cada paso en falso podía significar mi muerte inmediata. Tenía que ir a lo menos tres turnos sobre mi oponente. Cada uno de mis ataques tenía la intención de debilitarlo de a poco, como si intentara llenar un vaso gota por gota. Esquivar y atacar, esquivar y atacar, seguí ese mismo patrón de ataque hasta que después de un buen rato, hasta que aquel gigantesco bárbaro callo de rodillas ante mí. En ese momento sentía las miradas de todos mis compañeros de batalla y como signo de victoria levante mi espada al aire, y luego con un rápido movimiento apunte con la punta de mi espada directo a aquellos ojos rojos del hombre que estaba ante mí. Ya en ese momento no podía pensar en nada más que en la victoria que nos esperaba, y en el futuro de mi gente”. Diario del Conquistador


“En el campo de batalla fuimos iguales, cada uno peleaba por sus familias y su gente, por un futuro de libertad para nuestros hijos y nietos, pero no fuimos capaces de darnos cuenta, ya que lo que es diferente a nosotros es nuestro enemigo, y no hay más vueltas que dar. Hoy ninguno de nosotros decidirá quien obtiene la victoria, lo hará aquel que lea nuestra historia”. El Bárbaro y el Conquistador. 

Más fría que la muerte

Todo estaba oscuro, y lo único que era capaz de sentir era un gran frío en todo su cuerpo, un frío que nunca había experimentado antes, y que no era capaz de describir con simples palabras. Sus ojos estaban cerrados, pensó, e intentó abrirlos, pero en ese instante una intensa luz lo obligó acerrarlos nuevamente. No entendía lo que sucedía, estaba confundido y sentía que había estado tanto tiempo en ese estado que casi olvidaba su propia existencia.
Intentó con esfuerzo recordar.  Tomás…, sí, Tomás era su nombre, y tenía dieciocho años…, no, faltaba poco para que cumpliera diecinueve. Era un estudiante universitario, y estaba es su primer año. Recordaba haber salido de su casa para llegar a clases, emocionado por llegar…, pero, ¿por qué estaba emocionado?, ¿Qué tenían de especial esas clases para él? No…, no eran precisamente las clases lo que lo emocionaban tanto, pero entonces si no eran las clases, ¿qué era lo que se ocultaba tras aquella emoción?
Intentó seguir recordando, se veía a sí mismo como si viera una película, cuya trama era su propia vida, una vida monótona por lo demás, eso era lo que pensaba. Se veía tomando la misma micro, pagando el pasaje escolar, y sentándose junto a la ventana, preparado para el largo recorrido hasta la universidad. Todo era normal, pero todavía no entendía por qué estaba emocionado. Bajo de la micro y camino un par de cuadras llegando finalmente a su universidad, para luego dejarse caer en los peldaños inferiores de una pequeña escalera frente a la entrada. Consulto su reloj, comprobando que había llegado media hora antes de la clase, y casi metódicamente saco del bolsillo su celular, pero no logró recordar que quería ver exactamente, ¿esperaba una llamada tal vez o algún mensaje?, o ¿era solo una simple costumbre que denotaba una conducta un tanto obsesiva?... Por más que pensó en el asunto no pudo llegar a una respuesta, pero por alguna razón que desconocía, le molestó.
Siguió recordando, habían pasado veinte minutos desde su llegada, en los cuales había vuelto a sacar su celular una y otra vez, sin resultados, y todavía no llegaba aquello que estaba esperando, sin embargo había visto a muchos jóvenes que reconocía como compañeros, pero no los había saludado, y ninguno de ellos había mostrado interés por saludarle. Se preguntó el porqué de la situación, pero rápidamente llego a una conclusión, siempre había sido así, desde muy pequeño le fue difícil comunicarse con el resto de sus compañeros, y eso lo terminaba aislando... Había sido así durante sus doce años de colegio, y seguía siendo así durante la universidad, nada había cambiado. Pensó un rato en la situación, mientras sus recuerdos todavía estaba detenidos, ahí en esa fría escalera de cemento, con bordes de goma, cuando de repente, una figura se le apareció en frente, una mujer de largo cabello negro, con una piel tan blanca como la nieve, y unos lentes que cubrían una mirada curiosa y analítica. Él se levantó al verla, y con palabras tímidas, pero que habían sido practicadas más de una vez durante aquel año, la saludó.
-hola… Sofy…-
-hola Tomás- le contestó la recién llegada, con un tono increíblemente natural, como si estuviera acostumbrada a decir esas palabras, y sin embargo en sus mirada y en su forma de actuar, Tomás pudo ver algo de temor.
Era evidente que la estaba esperando a ella, y ahora todo volvía a la mente, era Sofía, la única chica que podía considerar su amiga, una chica con un carácter introvertido, de muy pocos amigos. La había conocido el primer día de clases, cuando los agruparon para un trabajo, y rápidamente se hicieron amigos. Para él era fácil hablar con ella, y ella siempre se mostraba amigable. Ambos disfrutaban de la compañía del otro y con el paso de los días se habían vuelto muy unidos, al punto que en la universidad, nunca se separaba. Tomás recordó entonces que fue hace dos meses cuando decidido llegar antes de clases para esperarla, y así lo había estado haciendo desde entonces.
No obstante, nada de eso tenía importancia…, claro, por fin sabía, o creía saber el porqué de su emoción, pero eso no le ayudaba a entender su situación actual. Continuando con sus recuerdos, entraron junto con Sofía a clases, las cuales transcurrieron sin novedades, y entonces cuando llegó la hora de despedida los dos se quedaron el uno frente al otro delante de la entrada de la universidad.
-bueno Tomás, nos vemos mañana…- sin esperar alguna palabra Sofía dio media vuelta, y emprendió su camino.
-nos ve…- la frase de Tomás quedó inconclusa, y por un instante se quedó inmóvil, con la mano en señal de despedida, y un segundo después pegó unos grandes pasos para alcanzar a la chica que seguía en su mirada -¡espera…, espera un momento Sofy!- Tomás la alcanzo y rápidamente se colocó frente a ella.
-¿Qué sucede?- Tomás la sorpresa en el rostro de su amiga.
-Sofía…, yo..., quiero que sepas…, quiero decirte que tú…- las palabras no lograban salir de la boca de Tomás, y la expresión de Sofía denotaba una mezcla de confusión y temor por lo que su amigo le quería decir –Sofía, tú…, tú…, tú me gustas..., ¿te gustaría salir con migo alguna vez?... – eso era, ya no podía estar equivocado, Tomás había despertado ese día con la intención de invitar a Sofía a salir, y eso era la causante de su emoción. Pero por alguna razón, mientras recordaba ese momento, sentía un gran dolor en su corazón, y por primera vez quiso dejar de recordar.
Observó a su amiga por un momento, la cual estaba inmóvil, pensativa, como analizando un problema matemático imposible de resolver, un problema, que aunque le diera mil vueltas, no encontraría una solución.
-… Tomás, te tengo un gran afecto…, pero solo como amigos…, perdóname si no es lo que esperabas…, pero solo quiero ser tu amiga…, nada más…, y por favor, deja de esperarme todos los días…, me asustas…- unas lágrimas cayeron por las mejillas de Sofía, quien sin decir una palabra más, siguió su camino a paso veloz.
Tomás, sin saber qué hacer, siguiendo a Sofía con la sus ojos, quien, casi corriendo, se aproximaba a cruzar una pequeña calle, por la cual generalmente transitaban muy pocos vehículos y en ese minuto, cuando Sofía estaba en medió de la calle, un auto a exceso de velocidad apareció de la nada, como un animal furioso, que esperó hasta el momento justo para saltar por su presa. Tomás corrió en dirección asía donde se encontraba Sofía, pero estaba seguro de que no llegaría a tiempo, no era bueno para las actividades físicas, pero tenía que hacer algo. Cuando estaba a punto de llegas con su amiga, el vehículo estaba a segundos de golpear a Sofía, que se había quedado petrificada. Entonces…, entonces…, entonces ¿Qué sucedió?, aunque se esforzaba, no era capaz de recordar nada más, hasta ahí llegaban sus recuerdos, pero no…, no podía ser así, tenía que saber que había sucedido, tenía que saber que había pasado con Sofía y tenía el presentimiento que si abría los ojos, lo sabría, lo sabría todo. Y haciendo uso de toda su fuerza de voluntad por saber que había sucedido con su amiga, logró abrir los ojos, cubriéndose con los brazos de la intensa luz que en un principio se lo impidió. Pero esta vez no había ninguna luz, y fue grande su sorpresa cuando, luego de una simple mirada a todo, supo la verdad. La verdad, la verdad de lo que había sucedido con él y con Sofía, ciertamente no la conocía con exactitud, pero podía darse una idea muy precisa de lo que había sucedido. Entonces se imaginó así mismo corriendo hacía donde se encontraba su amiga, y en el último instante, cuando el vehículo estaba en sima de ambos, él salto, empujando a Sofía lo más lejos que pudo, recibiendo todo el imparto del vehículo. Volvió a la realidad, y lo que vio fue a Sofía, sentada en un vehículo de urgencias, pálida, con la mirada pedida. Estaba cubierta por una frazada, y un carabinero le hacía preguntas que ella no respondía. Muchos estudiantes miraban la escena de lejos, y entre ellos, muchos de sus compañeros. Veía a muchos paramédicos, o eso pensó Tomás, conversando entre ellos, el vehículo que lo había golpeado estaba un poco más alejado, con todo el parabrisas trizado. Un hombre que estaba cerca del vehículo, y que Tomás pensó que era el dueño del automóvil, conversaba con carabineros, y por sus movimientos parecía esta borracho. A unos diez metros del vehículo, un grupo de paramédicos rodeaba un bulto, el cual estaba tapado por una lona azul.
“Sí, la muerte es helada”, fue la primera idea que pensó al ver aquel bulto, y no tardó en darse cuenta de que lo que cubría aquella lona era su cuerpo, o mejor dicho, lo que había sido su cuerpo cuando estuvo vivo. Pero ahora ya no lo necesitaba, ya no más, ahora que era un alma, algo parecido a un fantasma, algo que no era capaz de sentir nada…, sí, eso era el ahora. Eso era lo que creía, pero estaba equivocado en algo, si era capaz de sentir, sentía mucha felicidad por haber logrado proteger a Sofía, la única chica a la que podía llamar amiga, la única chica con la que había compartido tantos momentos inolvidables, y la única chica a la que había amado de verdad. Estuvo atrapado en esos pensamientos por unos pocos minutos cuando una palabra se le vino a la mente…, partir…, y se repitió la misma palabra un par de veces más…, partir, partir…, lo entendía muy bien, era hora de partir, hora de que su alma dejara ese mundo, he ir al lugar donde van todas las almas al morir. No sabía bien que le esperaba allí, pero sabía muy bien lo que no habría en ese lugar, Sofía…, “si esté es mi momento de partir”, pensó, “entonces, al menos me despediré de Sofía”.
Se deslizó suavemente por sobre el piso, (sus pies no tocaba el suelo…, claro, era un alma ahora…), movido por la única idea de poder despedirse. Cuando por fin estuvo frente a su amiga, levantó una mano, en señal de despedida.
-adiós, mi querida amiga…- se quedó esperando a que la chica reaccionara y se despidiera como solía hacerlo siempre, y entonces recordó… “pero, si estoy muerto…” y entonces un gran dolor invadió su corazón, ese dolor causado por una despedida inconclusa con los seres que amamos. Entonces se le vinieron a la mente todos los momentos que habían compartido juntos, y en las últimas palabras de Sofía… “me asustas”. Cuando pensó en esas últimas palabras, Tomás entendió que su relación con Sofía no era como creía. Sí, se llevaban bien juntos, y no podía decir que no eran amigos, pero él siempre fue muy posesivo con su amiga, y era él el que nunca la dejaba sola en ningún momento, a tal punto que al parecer la llegó a incomoda. Ahora comprendía porque le había molestado la forma en que vio su teléfono mientras esperaba en la escalera. Angustia, sentía mucha angustia cuando Sofía se demoraba más de lo habitual, y no se calmaba hasta que ella llegaba, o le mandaba un mensaje. Ahora se preguntaba ¿Por qué?, ¿Por qué llegaba a esos extremos?, tal vez ¿era el miedo de perder a su amiga?, ¿o era su forma de mostrar amor?
“No…, no puede terminar así…”, sentía rabia consigo mismo por no haberse dado cuenta antes de lo mal de su comportamiento, pero principalmente sentía una gran impotencia al entender que ya no podía hacer nada para solucionarlo. Su alma comenzaba a elevarse, y poco a poco, todos se iban haciendo más pequeños ante su vista. “No, no puede terminar así…”, Tomás seguía repitiéndose eso para sus adentros, sin perder de vista a Sofía, con la vaga esperanza de que está le dirigiera una última mirada, lo cual nunca sucedió, “que tristeza”, pensó. Hay veces en que crees que todo está bien a tu alrededor, y te siegas a la verdad aunque este frente a ti, y cuando por fin te das cuenta tu error, ya es demasiado tarde. Nuevamente Tomás se hallaba en completa oscuridad, pero esta vez sus ojos estaban completamente abiertos
Sabía que algún día Sofía miraría al cielo y pensaría en él…, pero cuando eso sucediera, él no podría verla, ya no podría ver nunca más aquel rostro que le gustaba tanto mirar durante las tardes de silencioso estudio…, no, nunca más. Ya nunca más escucharía ese “hola”, y ese “… nos vemos mañana” que tanto le gustaban.  

“Fría”, pensó, “la soledad es muy fría…, más fría que la misma muerte”.

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